Mujeres migrantes y la búsqueda de un trabajo digno

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Superar estereotipos, garantizar la regulación migratoria y la inclusión en políticas públicas, son acciones necesarias para promover el empoderamiento de las mujeres migrantes en Brasil y conseguir la igualdad de género. Experiencias en San Paulo muestran que otra realidad es posible.

Por Géssica Brandino y Rodrigo Borges Delfim
Colaboradores: Eva Bella y Glória Branco
Traducción al español: Brisia Pina Zavala

Salarios más bajos para los mismos cargos, prejuicios, dificultad para alcanzar altos cargos y la carga del trabajo reproductivo no remunerado. La superación de las barreras que impiden el empoderamiento de las mujeres alrededor del mundo, y garantizar la igualdad de género, es una de las metas de la Organización de Naciones Unidas para 2030, dentro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. El desafío es aun mayor para las más de 117 millones de mujeres migrantes en el mundo -320 mil en Brasil- que buscan en el trabajo en el extranjero un medio para alcanzar una vida digna.

Acabar con la desigualdad de género, según datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), volvería las economías de los países más rentable. En algunas regiones del mundo, las pérdidas en PIB per cápita que pueden ser atribuidas a la desigualdad de género en el mercado laboral pueden alcanzar hasta el 27%. El FMI apunta que las mujeres representan cerca del 50% de la población en edad activa, pero apenas el 40% de la fuerza de trabajo global, a pesar del aumento de la participación femenina en las últimas dos décadas.

En Brasil, la presencia de mujeres en el mercado de trabajo aumentó y la media de años de estudios es más elevada que la de los hombres. La Encuenta Nacional por Muestra de Viviendas (PNAD por sus siglas en portugués) de 2014, realizada por el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), muestra que las mujeres poseen una media de ocho años de estudios, frente  a siete años y medio de estudio de los hombres. Aún así la desigualdad precisa ser superada. De acuerdo con el Instituto de Pesquisa Econômica Aplicada (Ipea), los hombres aún ganan más que las mujeres: en 2014, los hombres tenían el sueldo medio de R$ 1.831, mientras las mujeres ganaban R$ 1.288. Las mujeres negras tienen la menor remuneración, con el sueldo medio de R$ 946 y los hombres blancos el mayor sueldo medio, en cerca de R$ 2.393.

Desafío de la mujer migrante

Juliana Bueno, coordinadora de Ciudad 50 50, programa de ONU mujeres en Brasil que buscar fortalecer el debate sobre igualdad de género, apunta que la realidad de las mujeres migrantes aquí es semejante al de muchas mujeres brasileñas: salarios bajos y responsabilidad por la tareas domésticas y del cuidado, además del trabajo fuera de casa. Es decir, jornadas dobles o triples, con el agravante para las mujeres migrantes de enfrentar barreras por su nacionalidad.

“Enfrentan las mismas dificultades que las brasileñas en situación de vulnerabilidad, pero su situación se agrava con las barreras lingüísticas, los prejuicios, la xenofobia, falta de referencias y las dificultades de adaptación e integración a un nuevo país. La dificultad de acceso a servicios públicos universales, por su condición de extranjeras, también torna el día a día mucho más difícil. No por casualidad, los pocos estudios con los que contamos muestran que aquellas mujeres que llegan al país en situación de vulnerabilidad –sin documentos, sin hablar el idioma- acaban trabajando en empleos de baja remuneración y en condiciones precarias, talleres de costura y empleo doméstico informal son algunos ejemplos.

Fue así la vida de Júlia* (identificada sólo con el primer nombre y que pidió no ser fotografiada) durante más de dos décadas. Inmigrante boliviana que llegó a San Paulo en 1982, sin hablar portugués y sin conocer las leyes locales. Sin papeles, empezó a trabajar como niñera para una familia brasileña, recibiendo como pago comida y un lugar para dormir. Se casó con un brasileño, pero el matrimonio no resultó ser lo que esperaba. Con mucho esfuerzo logró comprar un terreno y construir una casa propia, cuando se quedó embarazada no tuvo descanso durante la gestación y apenas se tomó veinte días libres para cuidar a su hija, al reincorporarse al trabajo tenía que trasladarse con su hija en brazos para poder amamantarla.

As situações vividas por Júlia (que preferiu não ser fotografada) são parecidas com as que outras mulheres enfrentam, independente da nacionalidade. Crédito: Eva Bella/MigraMundo
Por: Eva Bella/MigraMundo

Su hija aún era pequeña cuando Júlia consiguió salir de la relación destructiva con su esposo. Vivió algún tiempo con amigos hasta que la situación comenzó o mejorar al regularizar su situación migratoria en Brasil. El contrato formal, horizonte distante cuando llegara a Brasil, se volvió una realidad hace doce años. Con 51 años, Júlia trabaja en el servicio de limpieza en un hospital de la capital paulista y consiguió estudiar para técnico en enfermería. Su hija, ahora con 24 años, aprobó el examen de acceso a la universidad y consiguió una plaza para estudiar arquitectura en la Universidade de São Paulo, una de las carreras y universidades más solicitadas en todo el país.

Cambiar la realidad de mujeres como Júlia ha sido uno de los objetivos de trabajo desarrollados por la Coordinación de Políticas para Migrantes (CPMig) de la Secretaría de Derechos Humanos del Ayuntamiento de San Paulo. En julio de 2016 entró en vigor en la capital paulista la Ley Municipal nº 16.478, que instituye la Política Migratoria de la Ciudad. El artículo 3º de la norma determina que las prácticas locales deben “respetar especificidades de género, raza, etnia, orientación sexual, edad, religión y deficiencia”.

Por medio del Centro de Referencia y Atención para Inmigrantes (CRAI-SP), creado en 2014, los migrantes pueden ser atendidos en seis idiomas, reciben orientación para regularizar su situación migratoria, información sobre empleos y clases de portugués. Colaborando con los Centros de  Apoyo al Trabajo y Emprendedurismo (CATe) y la Secretaría de Desarrollo del Trabajo y Emprendedurismo (SDTE) del Ayuntamiento, el CRAI ha podido llevar a cabo talleres de capacitación para migrantes, búsquedas de empleo, además de realizar acciones para sensibilizar el mercado de trabajo. “La regularización migratoria, el acceso a los documentos de trabajo, el dominio del portugués (aunque no sea perfecto) y la posesión de una cuenta bancaria son requisitos indispensables para que los inmigrantes puedan tener empleos formales (hombres y mujeres). Actualmente la CPMig y el CRAI están realizando nuevos encuentros con el fin de sensibilizar a las empresas sobre la importancia de ofrecer empleo a migrantes e informales sobre la documentación específica requerida a la hora de la contratación”, explica la asesora de la CPMig, Camila Breitenvieser.

Para la profesora de Derecho Internacional, Cyntia Soares Carneiro (Departamento de Derecho Público de la Unversidade de  São Paulo), otra necesidad para garantizar el empoderamiento de las mujeres migrantes es avanzar en términos legislativos. En Brasil todavía está en vigor el Estatuto del Extranjero, creado en la época de la dictadura militar, y en el que se percibe al migrante como una potencial amenaza a la soberanía nacional. “Brasil necesita normas que faciliten la regularización, principalmente de aquellas inmigrantes que ya cuentan con un trabajo o con otros medios de subsistencia, trabajando como autónomas, por ejemplo”.

Datos del Banco Mundial revelan que en el 60% de los países existe la necesidad de una legislación que garantice oportunidades iguales para hombres y mujeres, tanto en términos de remuneración como en posibilidades de ascenso en la carrera escogida.

Acceso a guarderías

Otro factor que interfiere directamente en la inserción de mujeres en el mercado de trabajo, inmigrantes y brasileñas, es la disponibilidad y acceso a servicios públicos como las guarderías. Según los indicadores de sociales del IBGE, en el periodo de 2002 a 2012, el porcentaje de niños de hasta tres años en guarderías se incrementó de un 11.7% a 21.2%. No obstante, el acceso a este servicio es desigual. En 2012, el 63% de los  niños entre 2 y 3 años entre la población más rica del país asistía a guarderías, mientras que el acceso por parte de los sectores de población más pobres era del 21.9%.

La angoleña Mariza Kalongua vive en su propia piel esa realidad. Fisioterapeuta, graduada en Brasil, emigró para poder cursar sus estudios universitarios en San Paulo. Hoy, contando con postgrado en su área, ejerce su profesión en un hospital de la capital paulista. Su lugar de trabajo fue escogido justamente pensando en el horario que le permitiese llevar y recoger a su hijo de dos años de la guardería. Los fines de semana, cuando la guardería está cerrada, la rutina se complica pues con turnos de 12 horas al día, Mariza necesita dejar a su hijo al cuidado de una tía para poder cumplir con su horario de trabajo.

A fisioterapeuta angolana, Mariza Kalongua: mulher, migrante, mãe, trabalhadora e estudante. Crédito: Eva Bella/MigraMundo
La fisioterapeuta angolana Mariza Kalongua: mujer, migrante, madre, trabajadora y estudiante.
Crédito: Eva Bella/MigraMundo

Para las migrantes recién llegadas al país, que no cuentan con amigos o familia que las puedan auxiliar, esa realidad se vuelve más compleja. El Ayuntamiento de San Paulo ofrece 690 plazas para inmigrantes en sus centros de acogida, donde asistentes sociales orientan en la búsqueda de empleo y gestionan la admisión prioritaria de hijos de mujeres migrantes en las guarderías públicas. “Las mujeres inmigrantes acogidas en los centros normalmente son recién llegadas y no tienen una red de relaciones sólida en el país, lo que es un rasgo específico de su condición migratoria. La guardería se convierte en una posibilidad, muchas veces la única, del cuidado de los hijos, que a su vez es una condición necesaria para que las madres puedan trabajar”, agrega Camila Breitenvieser.

Emprendedurismo migrante

Llamando de puerta en puerta, Rima Eissa, 41 años, busca en San Paulo una oportunidad de trabajo dentro de las especialidades aprendidas en si país de origen, Siria. Graduada en agronomía, trabajaba en el sector público en Damasco. Hace siete años, su interés por la biología del cuerpo y la búsqueda del bienestar la llevaron a trabajar como mesoterapeuta.

Llegó a la capital paulista hace un año y cinco meses. Ya trabajó informalmente en una clínica, tuvo un par de clientes fijos y, finalmente, pasó a vender comida árabe. Pero lo que realmente quiere es poder ser independiente. El próximo año deberá estar en un aula iniciando sus clases de estética, avanzando unos pasos más hacia su autonomía.

Fisioterapeuta, personal trainer, massagista terapêutica, professora de aeróbica, pilates e yoga. Esses são os conhecimentos de Rima, com os quais busca se integrar no Brasil. Crédito: Eva Bella/MigraMundo
Rima, de Síria,  busca una oportunidad de trabajo en Brasil como mesoterapeuta.
Crédito: Eva Bella/MigraMundo

Garantizar el empleo de mujeres como Rima es uno de los objetivos del proyecto Empoderando Refugiadas, iniciativa del Grupo Temático de Derechos Humanos y Trabajo de la Red Brasileña del Pacto Global de las Naciones Unidas, en colaboración con ONU Mujeres Brasil, Cáritas Arquidiócesis de San Paulo, el Programa de Apoyo para el Reasentamiento de Refugiados (PARR) y Fox Time.

Treinta mujeres participaron en esta iniciativa piloto, llevada a cabo en San Paulo, con una duración de siete meses. En este periodo refugiadas de Angola, Nigeria, Camerún, República Democrática del Congo, Burundi, Colombia y Siria participaron en talleres sobre planeación financiera y profesional, emprendedurismo femenino, derechos de las mujeres trabajadoras en Brasil y técnicas para mejorar el portugués, además de sesiones de coaching. Todo ello dentro de un espacio de enlace con futuros contratantes. Desde que culminó la iniciativa, en junio, nueve de las participantes fueron contratadas en diversas áreas.

“A las empresas les gustaron muchos las mujeres que contrataron, en aquel escenario de diversidad. Con este curso, nuestro objetivo era que fuesen contratadas, que grandes empresas consideraran esas mujeres”, destaca Vanessa Tarantini, representante de la Red Brasil del Pacto Global de las Naciones Unidas.

Más allá de los resultados, Vanessa cita el aprendizaje que Empoderando Refugiadas dejó para las empresas y para otros que participaron del proyecto: “personalmente, después de haber estado en contacto con esas mujeres, se aprenden muchas cosas y uno valora más las circunstancias propias de vida, no nos podemos quejar”.

Parceiros do projeto Empoderando Refugiadas conversam com empresas para sensibilizá-las à causa do refúgio. Crédito: Pacto Global Brasil/Divulgação
Proyecto Empoderando Refugiadas, que llama empresas para contratar mujeres refugiadas.
Crédito: Pacto Global Brasil

Los resultados positivos también provienen del sector público. Este año proyectos de mujeres migrantes fueron contemplados en el programa VAI y Agente Comunitario de la Cultura, ambos configuran acciones del Ayuntamiento que generan recursos para financiar proyectos artísticos de la ciudad y que permiten la divulgación de expresiones culturales de las mujeres migrantes. Además el gobierno municipal también ha promovido la participación de mujeres migrantes en el Proyecto Economía Solidaria SP, que posibilita trabajo remunerado, en un proceso de autogestión en el que el trabajador participa en todo el proceso productivo.

Para Juliana Bueno es fundamental que los gobiernos, en todos los niveles -local, estatal y federal- así como el sector privado, ofrezcan atención especial a los migrantes. “Es necesario fortalecer el entendimiento entre todos y todas para tener claro que las migraciones son algo que beneficia al país, a nuestras ciudades. Que la integración sociocultural nos ayuda producir más y a desarrollarnos mejor, siempre y cuando pongamos en práctica políticas públicas que busquen acoger esas personas y no dejarlas en situación de vulnerabilidad. La migración es una realidad, la migración femenina más todavía”.

En la evaluación de la especialista, cambiar el escenario de las mujeres migrantes exige que toda la sociedad cambie su percepción. “Necesitamos ver a esas mujeres como ciudadanas, como sujetos de derechos en nuestro país. Ese cambio de visión es lo que hará la diferencia a la hora de llevar a cabo acciones, porque nos proporcionará una mayor capacidad de comprensión para poder gestionar las particularidades de la situación de esas mujeres, para poder acogerlas como merecen”, completa Juliana.

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